Classificat com a: Política | Etiquetes: Catalunya, Generalitat, Hay que reaccionar, Paràlisi, Tripartit
Reprodueixo l’editorial d’avui del diari La Vanguardia degut al seu interés.
En muchos aspectos, Catalunya está paralizada. La especial idiosincrasia
del actual Govern de la Generalitat mantiene absurdamente congeladas o
retardadas importantes decisiones estratégicas, bajo el paraguas de una gestión
más tranquila y sosegada que la que caracterizó el mandato de Pasqual Maragall.
El cuarto cinturón, como proyecto global, está paralizado por culpa de las
disensiones internas en el tripartito.La puesta en marcha de la nueva y necesaria línea de alta tensión con Francia (MAT) se halla sometida al lento veredicto de un mediador de la Unión Europea, ante el miedo de los políticos a tomar decisiones complicadas. Ayer mismo, un conseller de la Generalitat, el de Governació, Joan Puigcercós, ávido de protagonismo electoral, participaba en una manifestación contra la denostada MAT, proyecto defendido públicamente por el presidente de la Generalitat. La incongruencia está instalada en la plaza Sant Jaume. Hay más. El AVE acaba de llegar a Barcelona en un ambiente de funeral, tras el fiasco de los trenes de cercanías. El túnel que ha de conectar Sants con la nueva estación de la Sagrera es objeto de un vivo debate ciudadano que habría sido oportuno emprender hace unos años, cuando se decidió que el tren de alta velocidad tuviese como estación término la Sagrera. Avivada por Convergència i Unió, que evidencia sentir también la tentación de la demagogia, la discusión resulta bastante esperpéntica. Una ciudad seria, un país serio, no avanzan a golpe de pancarta emocional, ni excitando terrores apocalípticos sobre la Sagrada Família. Hay más. La conexión con la red ferroviaria francesa de alta velocidad está paralizada por expresa decisión de París, seguramente temeroso de que Barcelona se convierta en capital de un arco mediterráneo con influencia en el sur de Francia. El recelo de París mantiene congeladas otras dos conexiones viarias con España, en Aragón y Navarra. Francia cree defender así sus intereses, pero lo significativo es la ausencia de un pensamiento crítico en Catalunya al respecto. Francia nos merece mucho respeto y admiración, pero quizá habría que revisar la idolatría sin matices que le profesan sectores influyentes de nuestra intelectualidad. Hay más. Tras las monumentales manifestaciones contra el trasvase del Ebro (proyecto faraónico que merecía ser contestado) y los torpedos contra un hipotético trasvase del río Ródano, ahora hay que transportar agua en barco a Barcelona, desde Almería y desde el propio Ródano, por culpa de una grave sequía. La imagen de los estanques de Barcelona secos mientras millones de litros de agua se pierden por el mal estado de algunas tuberías es patética. Hay más. La confusión estratégica sobre el aeropuerto de El Prat persiste, ahora alimentada por la posible compra de Spanair por parte de Iberia, operación que cuenta con el aplauso de la vivaz ministra de Fomento, Magdalena Álvarez, cuya comprensión de los intereses logísticos de Barcelona es perfectamente descriptible. Pese a las buenas palabras del presidente del Gobierno – siempre buenas palabras cada vez que pisa Catalunya-, hay motivos para estar más que alerta. El propio presidente de la Generalitat así lo ha reconocido. Hay más. La preocupación por el medio ambiente, un asunto que galopa el mundo en forma de colosal corriente de opinión, se está convirtiendo en Barcelona y en toda Catalunya en un costumbrismo digno de Santiago Rusiñol. Barcelona está mal iluminada. Mortecina y tímida, parece recitar de noche aquel verso que Dante nos dedicó en la Divina Comedia, concretamente en el Purgatorio: “L´avara povertà di Catalogna”. Más que ecologismo, es estreñimiento. La decisión de reducir la velocidad a 80 km/ h en los accesos a Barcelona no ha hecho más que complicar el tráfico y enervar a los conductores, sin que nadie pueda demostrar una mejora objetiva en el medio ambiente. Y los peajes, contra los que tanto se clamaba hace unos años, siguen impertérritos, sin modificación, ni apenas rebaja, dibujando un mapa único e insólito en España. Hay más. Una de las pocas iniciativas valientes del actual Govern, la ley de Educación que promueve el conseller Ernest Maragall, con criterios de responsabilidad y visión de futuro, propios de una izquierda puesta al día, está siendo torpedeada desde el interior del propio Govern, donde Esquerra Republicana ejerce de correa de transmisión de los sindicatos inmovilistas. Hay más. Hay una parálisis catalana que impide establecer relaciones constructivas y creativas con la Comunidad Valenciana, con Baleares y con Aragón, en un momento en que Zaragoza vive una fase de gran pujanza con la próxima Expo´08, y en Valencia reemerge el debate sobre el eje o corredor mediterráneo, es decir, la conexión logística de Levante con Barcelona y con Europa. De alguna manera, Valencia vuelve a mirar, aunque sea tímidamente, a Barcelona. Se le debe tender la mano, con más inteligencia que hasta le fecha. Es imperioso superar esquemas y conceptos trasnochados que buena parte de los nacionalistas catalanes hace años que ya no se atreven a defender. La política catalana ha querido hacer demasiadas cosas a la vez: reformular la arquitectura institucional española aproximándola al modelo federal, impulsar un ambicioso Estatut que tensa las cuerdas de la Constitución de 1978, afrontar los déficits pendientes y dar lecciones de autoridad moral, unas veces, atinadas; otras veces, fatuas. Demasiados frentes simulatáneos. Catalunya no puede permitirse más años de marasmo. Sería suicida, si tenemos en cuenta los nubarrones que se ciernen sobre el horizonte económico. Hay que clarificar y adoptar prioridades. Hay que rescatar la inteligencia política catalana de la trampa del oportunismo, el cortoplacismo y el exhibicionismo ideológico. Y hay que exigir al Govern de la Generalitat que reaccione. Habrá que exigir una mayoría parlamentaria que trabaje por un primordial objetivo: evitar la parálisis catalana en una legislatura española que se adivina complicada. Habrá que exigir respeto, sí. Pero también deberemos propiciarlo. Han querido empequeñecernos, sí. Pero también nos hemos dejado empequeñecer. Es la hora de la reacción. Y esa reacción va más allá del 9 de marzo. A España le esperan años complejos, menos frívolos, seguramente, y en ellos la inteligencia política catalana debiera desempeñar un papel importante y, a poder ser, determinante. Nada está hundido, ni nada está perdido. Hay que reaccionar.
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