Guillem Recolons weblog


La pluma inapelable de Rahola: ¿Pedirá perdón, señor Saura?
Juny 17, 2009, 9:06 am
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Extraido de La Vanguardia el 17 junio 2009

Nada de lo que ocurrió después fue gratuito. Abierta la caja de Pandora, y liberados los males del mundo, la imagen de los Mossos d´Esquadra cayó en picado, y el desánimo de los policías fue parejo al desprestigio. Durante semanas, y gracias a los buenos oficios de la Conselleria d´Interior, empeñada en la ingente labor de demostrar que serían los buenos progres que “arrancarían las manzanas podridas del cuerpo”, los policías estuvieron sometidos a horas de televisión, a decenas de páginas de periódicos y a una multitud de tertulias donde la palabra tortura era la reina de la fiesta. Si algo hay que recordar, antes que nada, es que la información sobre los cuatro policías de Les Corts, y la publicitación planetaria de un caso de “torturas” vino directamente del propio departamento, cuya obsesión evidente no era cuidar al cuerpo policial, sino emular a Amnistía Internacional. En esos primeros años felices del equipo de Joan Saura, lo más importante no era gobernar a la policía, sino hacerse perdonar el pecado. Y así, los Mossos se convirtieron en un happening para que políticos inmaduros aprendieran lo que es la gestión. Recuerdo que en una larga – e interesante-comida con el president Montilla, me referí a ello con preocupación. “Si la intención es que Saura abandone los tics antisistema, y se haga mayor, ¿es buena idea entrenarlo jugando a ser el jefe de la policía?”. Es decir, ¿algo tan serio como la seguridad de un país, podía convertirse en un campo de entrenamiento de un aprendiz? Los hechos han demostrado que esa decisión – viniera por propia petición o viniera por estrategia montillesca-fue uno de los errores más importantes del tripartito. Un error que ha arrastrado a todo el cuerpo policial, que ha creado el descrédito más importante de los Mossos en toda su historia, que ha motivado el hecho insólito de una manifestación policial contra su propio conseller y que, finalmente, ha desmoralizado gravemente a los policías que luchan por nuestra seguridad. Y todo empezó con el caso de Les Corts. Un buen día el entonces director general Rafael Olmos se despertó estupendo, montó una rueda de prensa y aseguró que habían encontrado las “manzanas podridas” del cuerpo, y que actuarían en consecuencia. Es decir, de una tacada, sin anestesia, ni información previa, ni ningún tipo de prueba, Interior ofreció a la canallesca periodística uno de los bocados más apetitosos que se nos puede ofrecer: la constatación de que la policía torturaba. La memoria de todo el antifranquismo – mayoritariamente en cargos directivos de la prensa catalana-empezó a babear, las trencas se sacaron del armario y las imágenes a cámara rápida de una actuación policial compleja activaron el efecto Pavlov de nuestras manis de grises. Y en un plis-plas se inició la campaña de descrédito, contra cuatro buenos mossos, más brutal de la historia de nuestra democracia. Poco importaba que el caporal David López, acusado y hoy absuelto de toda culpa, hubiera sido instructor de la Escola de Policia y condecorado por su buena actuación policial. Poco importaba que algunos de ellos fueran mossos en prácticas, siguiendo rigurosamente las directrices del manual de actuación. Hoy, por cierto, también condecorados por actuaciones de riesgo. Poco importaba que el detenido y presuntamente torturado fuera un tipo violento que había atacado previamente a los mossos y se mostraba amenazador. Poco importaba que nadie de nosotros sepa cómo se reduce a un tipo violento ni qué riesgos padecen los policías que lo reducen. Poco importaba que las imágenes a ritmo acelerado – las que se pasaron profusamente por televisión-distorsionaran la verdad de los hechos. Poco importaba nada, porque si la propia conselleria se ponía medallas, aseguraba que “arrancaría manzanas podridas”, pasaba información a la prensa y denunciaba a la fiscalía a sus propios policías, la verdad de lo que pasó carecía de todo interés. Es decir, los Mossos d´Esquadra eran culpables de un delito inapelable: estar gobernados por su peor enemigo.Después pasó todo lo conocido. Se abrió la brecha del descrédito, todo el mundo se atrevió con los Mossos, los policías imputados vivieron un calvario, con sus nombres arrastrados por los titulares de los medios, y la desmoralización hizo mella en un cuerpo que cada día se jugaba la piel en la calle, y el buen nombre en los despachos. Un desastre de tal magnitud que sólo la extrema debilidad del Govern puede zamparse sin reventar. Y todo ello porque la gente de Saura tiene alergia cósmica a la policía, eternamente atrapados en la nostalgia de sus pinitos adolescentes revolucionarios. Es decir, se ha desprestigiado gravemente a los Mossos d´Esquadra para que un tipo que quiere ser conseller no pierda cuatro votos antisistema. La pregunta es si pedirá perdón. Y no me refiero al perdón político, que se paga de otra forma, sino al perdón moral por el daño infligido a miles de policías de este país, hoy seriamente desmoralizados. Y, especialmente, perdón a cuatro jóvenes cuya vida ha sido, en este tiempo, un calvario. Ya ve, ni tan sólo pido la dimisión. Sólo pido, señor Saura, que pida perdón.


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